La toma de Tikrit en junio situó al grupo yihadista Estado Islámico (EI) a 160 kilómetros de Bagdad y cortó las comunicaciones con el norte del país. La capital de la provincia de Saladino es mayoritariamente suní en un país donde, tras la caída de dictador, mandan las fuerzas chiíes. A su importancia estratégica por ser un nudo de comunicaciones, se le suma el simbolismo por ser la cuna del ex presidente Sadam Husein y de la alta jerarquía del baazismo que durante décadas gobernó el país con mano de hierro. Su “liberación” supondría un duro golpe para el EI y abriría la ruta natural hacia Mosul, bastión yihadista, de las fuerzas leales a Bagdad, pero el éxito de la guerra a largo plazo depende del comportamiento de las milicias chiíes.

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Durante los últimos meses de mandato de Nuri Al Maliki Saladino, junto a Al Anbar, se convirtió en el epicentro de protestas contras el poder central al que acusaban de sectario. Tras la irrupción del EI, gracias al apoyo de la insurgencia local, la ciudad abrió las puertas al grupo yihadista, que nada más llegar masacró a cientos de reclutas chiíes en la base militar de Speicher. Human Rights Watch (HRW) confirmó la matanza de “entre 160 y 190 personas” tras analizar en profundidad las fotografías difundidas por los propios yihadistas y usar otras obtenidas por satélite.

En la serie de imágenes que difundieron los propios yihadistas en los foros de Internet se podía ver a cientos de jóvenes vestidos de civil, muchos de ellos con camisetas de equipos de fútbol como el Manchester United o el Barcelona que caminaban escoltados por encapuchados. El destino era una fosa de baja altura en la que van amontonándose uno tras otro para ser ajusticiados a balazos de Kalashnikov. Hadi al Ameri, comandante de las milicias chiíes que avanzan ahora junto al Ejército hacia Tikrit pidió a la población que abandonara la ciudad “en 48 horas” porque sus hombres tienen el objetivo de “vengar a Speicher”. El avance sobre este bastión suní y la forma de actuar de las milicias chiíes será una de las claves para el futuro de este asalto al califato que se propone Bagdad con apoyo de la alianza que lidera Estados Unidos. La “limpieza” de la presencia de yihadistas que argumentan las actuales autoridades corre el riesgo de degenerar en una nueva guerra sectaria si no se controla la sed de venganza.