DEIDET ARTOUZ. No hace falta pedirlo. Nada más entrar en el pequeño despacho, convertido en hogar para seis personas, la mujer de Ahmad Omar Moadamani saca el hornillo y hierve agua para preparar café. “Llevamos cuatro años aquí. Lo que iba a ser una salida temporal se ha convertido en nuestro hogar, ¿qué podemos hacer? No tenemos dinero para alquilar una casa, ni para emigrar a Europa, como lo han hecho algunos parientes este verano, aquí nos quedamos hasta que se acabe la guerra”, confiesa este padre de familia de 45 años, que compagina la venta ambulante de fruta con el trabajo de voluntario en las milicias progubernamentales para poder subsistir. Los Moadamani vienen de Daraya y forman parte de los 172 civiles que ocupan un colegio rebautizado como ‘nuevo centro de acogida’ de Jdeidet Artouz, localidad bajo control del gobierno situada 15 kilómetros al sur de Damasco que desde finales de 2012 ha visto multiplicada su población por diez hasta alcanzar los 300.000 habitantes.

Cada frente militar abierto en Siria, abre una crisis humanitaria. El mundo mira hoy a la frontera con Turquía, donde 100.000 personas están atrapadas cerca de la ciudad de Azaz, “tratando de escapar de los ataques aéreos y de la escalada de los combates terrestres en Alepo. Están atrapados entre la frontera turca y la línea de frente”, denunció en un comunicado la presidenta internacional de Médicos Sin Frontera (MSF), Joanne Liu. En el sur ocurre algo similar, con al menos 50.000 personas viviendo a la intemperie tras huir de sus casas y encontrarse cerrado el paso a Jordania, según Naciones Unidas. Aunque desde Europa la cifra que más se repite es la de los 4,5 millones de refugiados de esta guerra, en el interior del país hay 6,5 millones de desplazados y cerca de 500.000 sirios viven en 18 zonas cercadas por el Ejército o la oposición armada. El trabajo se acumula para unos organismos humanitarios que, debido a la ausencia de alto el fuego, están obligados a trabajar en guerra abierta por lo que deben coordinar sus movimientos con las dos partes antes de dar el mínimo paso. Tras la entrega de ayuda humanitaria el miércoles en cinco localidades cercadas, la ONU adelantó su intención de llegar a nuevos lugares sitiados la próxima semana y se refirió a Deir Ezzor, ciudad del este de Siria rodeada por el grupo yihadista Estado Islámico (EI), en la que solo se podrá romper el bloqueo por vía aérea. “Los lanzamientos aéreos de ayuda son una operación complicada, pero ésta será, en muchos sentidos, la primera de su tipo”, adelantó Jan Egeland, Responsable del grupo de trabajo creado por el organismo internacional para el acceso humanitario en Siria. “¿ONU? Lo que tiene que hacer Occidente es dejar de apoyar a los grupos terroristas porque ellos son los que obligan a la gente a huir. Aquí tenemos 15.000 familias registradas y es la misma situación que se repite en otros puntos bajo control del Gobierno que se convierten en refugio para los civiles que buscan seguridad”, apunta Mousa Lutfi, responsable de los desplazados que llegan a Jdeidet Artouz. Opinión que comparte el alcalde de la localidad, Mohamed Ziad Morabia, para quien “hay que dejarse de cumbres internacionales y cortar el apoyo a los grupos armados de forma inmediata. El Estado es capaz de cuidar a sus hijos”.
Sin planes de futuro
La ayuda a la escuela “llega desde Naciones Unidas, la Media Luna Roja Siria y otras organizaciones de caridad. Hablamos de gente sin recursos, la mayoría eran campesinos y no se moverán hasta que sus zonas sean seguras, imposible hacer una previsión”, dice Riah Daaz, encargado de la atención a los civiles que viven en el centro. Por si el café en el cuarto de los Moadamani no había resultado suficiente, en la primera planta de la escuela preparan té y pellizcan en los mofletes a Asil y Lyen para que sonrían al periodista extranjero. Son los dos últimos bebés en sumarse a la gran familia que forman los 172 desplazados, la mayoría llegados de los lugares más conflictivos del extrarradio de la capital y del campo de refugiados palestinos del Yarmouk. “No sabemos cómo están nuestras casas, no hemos vuelto desde que salimos y nadie ha ido a verlas”, lamenta Asma Ahmad, joven palestina que no pierde la sonrisa y afirma que “aunque no vemos salida hoy a esta guerra en Siria, creo que es más factible que algún día volvamos al Yarmouk que a las casas que nuestras familias dejaron en Palestina en 1948”. Hogares ocupados desde entonces por Israel. Niños y más niños salen de puertas y ventanas. Muchos han nacido aquí y no conocen la Siria anterior a 2011. Solo conocen la guerra. Un ala del edificio permanece como escuela y se han tenido que doblar los turnos para poder atender a todos los matriculados. El campo de baloncesto es ahora el lugar de reunión de los vecinos que aprovechan el clima veraniego en pleno invierno. Viven a la espera de que llegue la noticia de que la guerra ha terminado y pueden volver a sus casas. “Aunque esté destrozada, volveremos allí y empezaremos de nuevo, no hay otra solución”, sentencia Ahmad Omar Moadamani mientras se ajusta el cinto en sus pantalones de camuflaje, listo para unirse al resto de voluntarios que se encargan de la seguridad de un barrio que desde hace cuatro años es también el suyo. ¿Hasta cuándo lo será?