MOADAMIA. Humo. Siete hombres fuman en torno a una mesa de madera. Un cigarro tras otro. La bandera nacional en medio de dos fotografías enmarcadas en una pared amarillenta, una de Hafez Al Assad y otra de Bashar, con su esposa y dos hijos, y versículos de Corán por todas partes. La oficina de lo que antes de la guerra era una empresa de construcción es el punto de encuentro ahora entre los opositores de Muadamiya y los responsables del régimen para coordinar la llegada de los camiones de ayuda humanitaria. 24 horas después de la visita del enviado de la ONU a Siria, Staffan De Mistura, un centenar de camiones con ayuda salieron desde Damasco rumbo a Madaya, Zabadani y Muadamiya, cerca de la capital, y a las localidades de Al Fua y Kafraya, en la provincia de Idlib, todas ellas sitiadas por régimen o fuerzas opositoras. No hay alto el fuego, al contrario, el frente norte está más activo que nunca gracias al apoyo aéreo ruso que permite avanzar al Ejército en Alepo y en los alrededores de Damasco el régimen también exhibe músculo ante una oposición armada impotente.

Muadamiya, situada 10 kilómetros al sur de Damasco, fue uno de los primeros puntos en levantarse contra el régimen en 2011 y uno de los lugares más castigados desde entonces, junto a la vecina Daraya, separada desde hace una semana a base de bombardeos aéreos para formar un corredor de seguridad entre las dos e impedir el movimiento de los grupos armados. La diferencia hoy es que Muadamiya se adhirió a los acuerdos de reconciliación propuestos por el Gobierno en diciembre de 2013, desde entonces se respeta en líneas generales el alto el fuego, pero sus 27.000 habitantes (antes de la guerra eran 100.000) no pueden salir y tampoco se permite la entrada de nada, ni de nadie. Hay gente que no hay salido en cuatro años.

“Este es el cuatro convoy de ayuda que llega. Nos gustaría que fuera más, pero en abril de 2014 intentaron meter armas en camiones de ayuda y eso lo complicó todo”, lamenta Hasan Gandhour, responsable del Comité de Reconciliación que se encarga de mediar entre las dos partes. Nació en Muadamiya y su hermana está dentro. Calcula que en el interior quedan unos 1.800 combatientes de distintos grupos como los batallones Al Fajr o Al Fatah, milicianos que respetan el alto el fuego, pero que no entregan sus armas como exige el régimen como condición previa para levantar el cerco.

Pasan las horas y los camiones de ayuda no llegan. La ONU anunció su salida a las seis de la mañana, después las nueve, nueve y media… El monólogo del responsable del Comité de Reconciliación, que califica de “medida política” el envío de “poca ayuda y de mala calidad” por parte de la ONU, acaba cuando irrumpen en la sala tres hombres. No hay apenas saludos. Solo alguna broma despectiva. Miradas frías y silencio por parte de los recién llegados, que solo acceden a hablar con la prensa dentro de Muadamiya. “Los extranjeros pueden pasar, allá ellos, pero los periodistas sirios no, porque corren peligro”, adelanta un mando militar presente. Los funcionarios del ministerio de Información que acompañan a los enviados especiales extranjeros tampoco aprueban la idea de cruzar la línea “por motivos de seguridad”. No hay más que discutir.

El cerco como arma de guerra
Casi medio millón de sirios viven en zonas asediadas y un total de 4,6 millones viven en zonas consideradas “difícilmente accesibles”, según la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). El organismo internacional cifra en quince el número de localidades asediadas en las que sus habitantes sufren la falta de alimentos, electricidad y agua corriente.

“Esta es mi frontera, casi no he pasado de esta caseta desde 2011”, confiesa en inglés Jash Abu Al Nour joven de 32 años al que la revuelta contra Assad sorprendió en quinto año de Medicina. Dejó los estudios y pasó a liderar las protestas en Muadamiya, primero a gritos, luego con armas. Es uno de los tres miembros de la delegación opositora. Habla en voz baja, alejado de la mesa de reuniones. “No podemos más. La situación es muy dura. Más que alimentos, necesitamos medicinas para el hospital, pero sobre todo necesitamos una salida, una solución para todo el país, no solo estos pactos puntuales de reconciliación”, confiesa Abu Al Nour. Cuando se le pregunta por los opositores que participan en las conversaciones de Ginebra no puede evitar soltar una sonrisa, la única de la mañana, “no nos representan, sus palabras no tienen efecto sobre el terreno. Estamos tan divididos que hasta hay combates entre los propios grupos. La ONU o algún órgano internacional tiene que mediar para acabar con esto, el régimen puede ganar militarmente, pero el problema de fondo por el que nos levantamos en armas sigue vivo. Occidente decía que nos apoyaba, también los países del Golfo… pero es mentira, siempre hemos estado solos”.

Rugen motores fuera de la caseta de la antigua oficina de construcción. Llegan los camiones y hay que reunirse en el puesto de control militar.  Abu Al Nour y sus dos acompañantes se despiden y caminan el kilómetro de tierra de nadie que separa al Ejército de los opositores armados. Al fondo se ve a los civiles que se acercan hasta el lugar donde tendrá lugar la distribución. Pequeñas siluetas negras en medio de un escenario fantasmagórico, con edificios tiroteados y barricadas de arena. Por encima de esa carretera hacia Muadamiya ruge la artillería de la Cuarta División que bombardea Daraya. Bombazos sordos que te paran el corazón y te aceleran luego inmediatamente las pulsaciones. Los allí presentes están acostumbrados y no se inmutan. Bombazos que son explosiones de realidad ante las negociaciones sobre un alto el fuego que se negocia a miles de kilómetros en cómodos despachos.
Los camiones son primero registrados a puerta cerrada por el Ejército, no se permite a la prensa seguir los registros. Después van haciendo una larga fila para partir todos juntos a territorio opositor. Un viaje a esa parte de Siria que se levantó en 2011 y lo ha pagado con muerte y destrucción.