DAMASCO. Dos chicas fuman una pipa de tabaco de manzana en una de las sofisticadas cafeterías de la avenida Mezze de Damasco. El lugar, antes frecuentado por diplomáticos, está casi vacío. Repasan sus cuentas de Facebook en los iPhone mientras de fondo retumban los cañonazos sobre Daraya, a apenas diez minutos en coche de este mismo lugar donde todo parece normal, que se cuelan entre el ritmo electrónico de Saint Etienne. “Es pura apariencia, la ciudad es una especie de volcán donde no se nada desde afuera, pero por dentro está en plena ebullición”, asegura mi interlocutora mientras apura su batido de chocolate.

Fuera, en la enorme avenida de inspiración soviética por la que se sale hacia Líbano y donde están buena parte de las legaciones extranjeras, incluida la española, hay menos tráfico de lo que solía ser habitual. Un muro de cemento de mediana altura anuncia la presencia de la embajada de Irán, la que mayores medidas de seguridad ha adoptado en la zona. La bandera roja, blanca y verde domina el edificio de cuatro plantas decorado con cerámica azulada al que las miradas de la oposición apuntan como el principal respaldo del Gobierno en todos los aspectos. Conforme ha ido avanzando la crisis han ido aumentando las medidas de seguridad de los iraníes, un buen termómetro visual para saber cómo están las cosas. A pocos metros de la Embajada está la Universidad, que sigue abierta y donde miles de estudiantes acuden cada día a seguir con sus clases.

La normalidad del primer anillo damasceno contrasta con los barrios de la periferia a los que la prensa acreditada no tenemos acceso, pero cuyos habitantes se refugian ahora en el centro y cuentan lo que dejaron atrás. Dos mundos separados por apenas unos minutos en coche y que cada vez están más próximos porque distritos como Jobar o Berzeh también son ya considerados “zona roja” por el ministerio de Información. En la que podríamos denominar “zona verde”, siguiendo la terminología de Bagdad, los funcionarios van al trabajo y los comerciantes hacen lo que pueden para sobrevivir. Los precios son de auténtica economía de guerra y hay productos que prácticamente solo se pueden encontrar en el mercado negro. Las bombonas de butano son uno de los bienes más escasos y se pueden esperar colas de 5 o 6 horas para tener que volver a casa sin nada. El precio oficial es de 450 libras (3,6 euros) por una bombona de 14 kilos –aunque no se cargan más de nueve, según los ciudadanos entrevistados- aunque en el mercado negro alcanza las 2.000 libras (16 euros), casi siete veces más que antes del estallido de la revuelta contra Al Assad.  Esta escasez ha llevado a quienes se lo pueden permitir a pedir a los taxistas que van diariamente a Líbano que les traigas gas del país vecino. El precio de este gas importado es también de 2.000 libras, “pero te cargan los 14 kilos”, defienden los entrevistados. Aunque el aeropuerto internacional de Damasco está operativo, la falta de seguridad en la ruta empuja a la inmensa mayoría de sirios a desplazarse hasta Beirut, con lo que los taxistas de la capital realizan esta ruta diariamente, la última vía de escape segura que le queda a la capital.

La cola es también obligada para comprar el pan o echar gasolina, pero en estos casos el Gobierno mantiene los precios subvencionados. Después de dos años de conflicto el bloqueo internacional, la destrucción de fábricas en un país que era autosuficiente y los problemas en el transporte originados por la falta de seguridad están ahogando la vida de los ciudadanos.

Otras subidas de precios significativas –la libra ha perdido un 50 por ciento de su valor respecto al dólar y euro desde 2011– son las del diesel (de 20 libras a 36 por litro), el café (de 250 a 500 libras por kilo) o el transporte público, cada vez más escaso por la falta de diesel y cuyos billetes ahora cuestan el doble. Un trayecto de unos 15 kilómetros que antes costaba 15 libras, está ahora en justo el doble. Esta ‘economía de guerra’ es aun mucho más dura en otras ciudades del país como Alepo, según cuentan algunos de los desplazados internos.

“La vida es cada vez más complicada y lo peor es que no se ve una salida en el horizonte”, asegura un vecino del centro que no se ha movido de la capital desde que empezaron los problemas, pero que deja claro que “dentro de la situación general del país somos unos privilegiados, esto es como una especie de isla dentro de la nueva Siria”.