Raed Issa quema la silicona en un hornillo de gas y la usa para pegar los pequeños marcos blancos en las paredes de la galería Eltiqa. En cada cuadrado hay una piedra, en cada piedra, un retrato y casi todos los retratos, en blanco y negro, pertenecen a víctimas de las protestas de la Gran Marcha del Retorno, la movilización que acaba de cumplir un año y que cada fin de semana lleva a miles de palestinos a la verja de separación para pedir el derecho al retorno de los refugiados expulsados por Israel de sus tierras en 1948 y el levantamiento del bloqueo. El zumbido del gas es el único sonido que rompe el silencio en esta galería de la Franja autogestionada por un grupo de artistas. Una especie de “república independiente” en la Gaza de Hamás, donde la pintura es capaz de superar el bloqueo físico impuesto por Israel, Egipto y la Autoridad Nacional Palestina y las líneas rojas trazadas por las autoridades islamistas. La silicona se convierte rápido en líquido y gotea tras el leve contacto con la llama de color azul. Forma goterones transparentes sobre un suelo antiguo de cerámica palestina de mil cuadros.

Este pintor nació en Gaza hace 42 años y acaba de regresar de una gira de tres semanas por Japón. Confiesa que a lo largo del último año solo se acercó en una ocasión a la verja de separación con Israel porque “te tiran a matar, conozco a gente que ha muerto sin ni siquiera estar en la primera fila. Es una lotería y te puede tocar”, pero muchas de las 50 piedras que expone vienen de alguna de las zonas cinco de protesta levantadas a lo largo de la frontera. “La idea se me ocurrió hace tres meses cuando unos niños me trajeron una caja metálica de munición israelí que encontraron tirada cerca de la verja, la llené de piedras y me di cuenta de que así vivimos en Gaza”, apunta el artista, nervioso por conocer la respuesta del público local ante su nueva propuesta. Esa caja se expone ahora dentro de una vitrina y está llena de piedras redondas en las que hay dibujadas decenas de caras que se apretujan queriendo respirar.

El autor recuerda que “la piedra es un elemento clave en la resistencia palestina desde la I Intifada, por eso quería usarlo. Es un símbolo de lucha y una muestra de la desproporción del conflicto en el que un lado tira piedras y el otro tiene aviones y tanques”. Este simbolismo es una amenaza al otro lado de la verja y por ello la justicia israelí puede imponer penas de entre diez y veinte años de prisión por su lanzamiento a civiles o fuerzas de seguridad, según una enmienda de ley aprobada por el parlamento en 2015.

Iconos de la Gran Marcha

Algunos de los rostros dibujados en las piedras se han convertido en iconos de la Gran Marcha del Retorno. Raed ha dibujado a Yaser Murtaya, periodista abatido en abril y a Razan Ashraf Najjar, la joven enfermera voluntaria de 21 años a la que dispararon en julio. A Fadi Abu Salah le ha dedicado una piedra de mayor tamaño. Fadi perdió sus piernas en un bombardeo en 2008 y mayo falleció tras recibir un tiro en la cabeza. Su fotografía en la silla de ruedas y lanzando piedras dio la vuelta al mundo y se convirtió en símbolo de la resistencia palestina. Estas tres víctimas forman parte de las 189 muertes, 35 de ellas de niños, investigadas por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en un informe publicado en abril en el que la conclusión principal es que “los militares israelíes han cometido violaciones de Derechos Humanos y del Derecho Internacional (…) que podrían constituir crímenes de guerra o contra la Humanidad”. Los convenios internacionales reconocen el derecho a la legítima defensa, pero el disparar directamente a un civil desarmado está considerado crimen de guerra y “no cabe justificación alguna para asesinar o herir a periodistas, médicos y personas que no suponen una amenaza inminente”, apuntaron los expertos del organismo internacional.

El sábado todos los ojos estuvieron puestos en la verja de separación. Hamás llamó a la “protesta del millón de personas” para conmemorar el primera aniversario. Las marchas fueron multitudinarias, reunieron a 40.000 personas en la frontera, según los datos del Ejército israelí, y otros tres palestinos perdieron la vida por disparos de los francotiradores. Una jornada de “violencia contenida”, según el balance de los medios locales, en la que tanto el Ejército como Hamás demostraron que pueden hacer mucho más de lo que han hecho en los pasados 12 meses para que muera menos gente.

Hasta la guerra de 2014 Raed vivía en el campo de refugiados de Bureij, pero su casa resultó destruida y se mudó al centro de la ciudad de Gaza, a muy corta distancia de esta galería que considera su “segunda casa” porque es donde pasa más horas al día.

Gaza-Gernika

A los pocos minutos de terminar de colocar las piedras en cada marco y de colgar cada narco en la pared, comienzan a llegar los primeros curiosos y compañeros de Raed como Mohammed Al Hawajri, que también se dedica a la pintura y es uno de los copropietarios de Eltiqa. “Este es un lugar aislado de la política palestina, de la lucha entre facciones, pero eso no significa que seamos ajenos a lo que nos rodea. El clima de violencia, las muertes, el bloqueo… todo afecta de manera directa al arte y esta exhibición es un claro ejemplo”, apunta este artista post-conceptual que en 2013 sorprendió a la crítica con su exhibición “Gernika-Gaza” en la que combinaba elementos de la obra de Pablo Picasso y de cuadros de Goya, Van Gogh o Vermeer con situaciones de la Franja. “A veces pienso que somos invisibles, que el mundo no se entera de nuestro sufrimiento o que le da igual, por eso decidí apelar al cuadro de Picasso y obras de pintores famosos a nivel mundial, como una forma de atraer la atención hacia Gaza”, recuerda en mitad de una sala cada vez más llena en la que los recién llegados se quedan absortos mirando unas piedras que hablan de la historia del último año en la verja de separación.

El autor está en el centro de la sala. El público le saluda con efusividad y le felicita. Una vez más ha logrado sorprender. “Creo de verdad que el hecho de innovar en el arte es una acto de resistencia en sí mismo”, susurra Raed entre abrazos y más abrazos. Cada piedra tiene su historia detrás, como la tiene cada uno de los rostros retratados. Historias ahora expuestas como arte para intentar adoptar un lenguaje universal, sin fronteras. Un hilo directo entre el último año de protestas en la verja de separación entre Gaza e Israel a las mentes y corazones de quienes se pongan delante. Sin filtros, sin censura. Con dolor, con sangre.