DAMASCO. “¿Madrid o Barcelona?” Primera pregunta en el aeropuerto internacional de Damasco nada más mostrar el pasaporte. El Clásico no entiende de fronteras, ni de revoluciones, ni de nada. Al joven agente de inmigración que me atiende le gusta el Real Madrid, “pero el del Ronaldo brasileño, Raúl y Vicente del Bosque”. Opinión compartida por sus compañeros, también merengues, que censuran a Mourinho y Pepe y sueñan con pasar la eliminatoria de Copa. Con tanto fútbol se empieza a acumular la gente en la cola destinada a extranjeros. El tipo mira que mira el pasaporte, pero algo no cuadra. A su espalda la omnipresente mirada del presidente, Bashar Al Assad, que como una especie de Gran Hermano vigila con rostro serio desde cada garita, cada columna, cada pared. Es complicado mirar hacia alguna dirección y no encontrártelo.

Mi nombre está en la lista de periodistas y tengo que pasar a un despacho donde dos agentes, con ayuda de un estudiante sirio que regresa al país tras concluir sus estudios en Alemania y cuyo pasaporte también examinan, toman algunos datos sobre los medios con los que trabajo y los temas que quiero abordar en Siria. Después llega el momento de pasar el equipaje por un escáner. “¿La lista del material?”, preguntan mientras deshacen la mochila. Al poco rato aparece un agente veterano con un fax del ministerio de información en la mano y va apuntando cada cosa. Nada de satélites (ni Thuraya, ni Bgan).  Maleta limpia, a Damasco.

Aún queda un paso más. Como en cada gran ciudad del mundo la raza del taxista de aeropuerto es diferente. En Siria se puede optar por viajar hasta el centro urbano en autobús por apenas 100 libras (menos de dos euros), también está el ‘service taxi’, la agencia oficial de taxis (1.200 libras), o la opción del mercado libre y pirata a pie del aparcamiento (500 libras). Opté por el plan C sin ser consciente de la grave crisis que sufre el país y la falta absoluta de turistas. Desentrenados en el trato con el extranjero mi maleta voló de mano en mano como una pelota hasta que el más fuerte y el más gritón la metió en su maletero. Aterrizaje forzoso antes de volar por una autopista en casi total oscuridad donde algunas salidas a los barrios de la periferia estaban custodiadas por hombres armados vestidos con ropa civil.