El Pais Arena de Jerusalén es el pabellón donde juega sus partidos el Hapoel Jerusalem, el equipo de la ciudad santa que disputa el trono del baloncesto nacional al todopoderoso Maccabi de Tel Aviv. El coronavirus no ha detenido la competición profesional, pero ha vaciado las gradas. Donde antes había aficionados animando a sus estrellas, ahora hay ciudadanos que acuden a vacunarse contra el virus porque el Arena se ha reconvertido en el mayor centro de vacunación del país.
Israel es líder mundial con más de dos millones de personas vacunadas y desde que empezara la campaña, el 20 de diciembre, han llegado dos grandes envíos de Pfizer y otro de Moderna. Vacunación masiva -la semana que viene esperan llegar a las 250.000 vacunas por día- y tercer confinamiento es la fórmula aplicada por las autoridades con el objetivo de dejar atrás la pandemia en marzo… justo para las que serán las cuartas elecciones generales en menos de dos años. De momento, ese plan no parece muy claro ya que el país registra cerca de 10.000 contagios diarios y la comunidad de judíos ultraortodoxos sigue resistiéndose a respetar las restricciones y mantiene abiertas escuelas y sinagogas.
En las escaleras de acceso al Pais Arena, el rojo del equipo local queda eclipsado por el azul y verde de Clalit, la mutua más popular del país. En Israel hay cuatro grandes mutuas de salud, y la competencia entre ellas es una de las claves, según los expertos, de la eficiencia del sistema de vacunación. Un guarda vigila el acceso principal, pero lo primero que llama la atención es la ausencia de largas colas. Dentro del recinto, entre carteles que rezan “vamos a derrotar al virus”, todo el anillo que rodea a la pista es un enorme ambulatorio con una sala de espera con sillas bien separadas y cabinas móviles. Al llegar, se obtiene un ticket de una maquina con un número y hay que esperar a que llegue tu turno. Cuando la megafonía lo anuncia, es momento de acercarse a una de las cabinas.
“De momento el límite son 55 años, pero aquellos que son más jóvenes y trabajan en Sanidad o Educación, también pueden vacunarse”, informa Shani Luvaton, enfermera jefa de este centro en el que se trabaja de siete de la mañana a diez de la noche. Este horario tan generoso es otra de las claves que explica el ritmo de la vacunación.
La gente puede llamar para pedir turno o son las propias mutuas las que envían un SMS para recordar la importancia de vacunarse, desde el Gobierno recuerdan que quien lo haga recibirá después un “pasaporte verde”, un documento que le permitirá evitar cuarentenas al regresar al país y la entrada a bares, restaurantes y centros culturales. De esta manera se ha decidido a venir Tzipi Hadika, funcionaria de Educación de sesenta años. En cuanto ha recibido el mensaje se ha plantado en el Pais Arena. “Este milagro es gracias a Bibi (apelativo cariñoso para referirse a Benjamín Netanyahu), quien ha presionado a Pfizer para obtener el mayor número posible de vacunas, sabe que se juega la reelección en marzo y esta es su gran baza electoral. Por el bien de Israel, espero que gane”, señala Tzipi mientras avanza hacia la cabina donde le espera su primera dosis de Pfizer. En menos de veinte minutos, de los que quince los pasa de reposo tras el pinchazo, está camino de la salida con la cita asignada para ponerse la segunda dentro de tres semanas.
Oro, mitad israelí, mitad venezolana, mira su número y espera la llamada. Ha escuchado a Tzipi hablar de la importancia del papel de Netanyahu en este proceso y quiere añadir que “este éxito es también posible porque nos hemos convertido en una especie de enorme laboratorio para Pfizer, según están contando varios medios locales. A cambio de compartir con ellos toda la información sobre el proceso de vacunación, ellos envían millones de dosis y esto da un poco de miedo”.
No sobra una dosis
Conforme avanzan las horas se ven menores de 50 años que se sientan en la sala de espera. “Esto ocurre cada día, según avanza la jornada tenemos casos de personas que no están dentro de los criterios de vacunación, pero que quieren una dosis”, confiesa Luvaton, quien admite que “una vez que las vacunas están abiertas y se acerca la hora de cierre no queremos que se pierdan, por lo que somos flexibles y se las ponemos a todos los asegurados que se acerquen. Nunca tiramos una dosis a la basura”. La vacunación avanza, pero hasta ahora no ha logrado frenar la curva de contagios que, desde la entrada de la cepa británica, se ha disparado hasta los casi 10.000 diarios.
Falta un buen rato para las diez, pero pregunto a la jefa de las enfermeras si me puede vacunar. Le formulo la pregunta de forma espontánea, en medio del goteo incesante de gente que entra y sale, y pensando en incorporar la anécdota a esta crónica. La respuesta me sorprende. Me pide la tarjeta de la aseguradora y se la entrego, aunque otros extranjeros se están vacunando simplemente mostrando su visado de residencia. Me entran las dudas. No es que no quiera vacunarme, lo estoy deseando, pero ¿por qué yo? Pienso en que estoy lejos de los grupos de riesgo, no trabajo en ningún hospital o escuela. Pienso en toda la gente que conozco al otro lado del muro, en los territorios palestinos, que necesita mucho más que yo esta dosis, pero que no les llega por culpa del dichoso conflicto y tendrán que esperar hasta el mes de marzo, cuando esperan recibir las vacunas rusas compradas por la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Pienso en mis padres, a quienes no veo desde hace un año, y al ritmo que van las cosas en España tardarán varias semanas en recibirla en el mejor de los casos. Mientras pienso y pienso, Luvaton me coloca la aguja en el brazo izquierdo y me inyecta la primera dosis sin que apenas me entere del pinchazo. Entonces, cuando sale la aguja, me reafirmo en el egoísmo del ser humano, en la suerte que tenemos por ser ciudadanos del primer mundo y en lo injusto del sistema de reparto de vacunas. Me piden que espere quince minutos por si siento algún efecto secundario como sudores o picores. En mi fuero interno solo siento un profundo asco por mi egoísmo. El virus no conoce fronteras, las vacunas sí.