Benjamín Netanyahu tiene un plan claro, una fecha de ejecución y el apoyo firme de Estados Unidos. El primer ministro quiere anexionar a Israel las colonias judías de Cisjordania y el Valle del Jordán, planea hacerlo en julio y su proyecto está contemplado dentro del ‘plan del siglo’ de Donald Trump. Este plan también contempla la “creación de un Estado palestino” en un plazo de cuatro años… pero Netanyahu apuesta por empezar con la anexión de forma unilateral y después ya se verá lo que ocurre porque no está por la labor de hacer concesiones a un enemigo derrotado.

El viejo sueño sionista está a dos meses de convertirse en realidad ante la impotencia de una Autoridad Nacional Palestina (ANP) olvidada por sus vecinos árabes y desesperada ante la pasividad de la Unión Europea e impotencia de Naciones Unidas. Los comunicados que la UE y la ONU emiten una y otra vez expresando su “profunda preocupación” ante el avance de la ocupación no son suficientes para frenar esta estrategia colonizadora.

Desde que Trump llegó a la presidencia la alianza con Israel le ha llevado a reconocer Jerusalén como capital del Estado judío y trasladar allí su Embajada, asumir la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, ocupados a Siria en 1967, y declarar legales las colonias de Cisjordania. El presidente borró con estas decisiones décadas de un consenso internacional sobre el conflicto que día a día se quedaba caduco debido a la política de hechos consumados de Israel. Ante la inoperancia internacional, los israelíes han conseguido poblar con 600.000 colonos Cisjordania y Jerusalén Este. Los organismos internacionales insisten en “la solución de los dos Estados” y se amparan en el derecho internacional, pero sobre el terreno solo hay un estado, Israel, y se aplica su ley.

Como ocurrió en las jornadas previas a la decisión sobre Jerusalén, no cesan las llamadas de alerta sobre las graves consecuencias que la anexión puede acarrear. El rey Abdalá de Jordania dijo en una entrevista concedida a Der Spiegel que esto puede abrir “un conflicto a gran escala” entre su país e Israel, aunque no entró en detalles. Tampoco entró en detalles el jefe de la diplomacia europea, Josep Borrell, quien se limitó a declarar que “tenemos que aumentar nuestros esfuerzos y nuestros contactos con todos los actores relevantes en Oriente Medio”. Es decir, nada. Las iglesias de Jerusalén o la Organización de Cooperación Islámica también mostraron su descontento con este plan.

Frente a las alertas y las palabras de condena, el parlamento de Israel tiene ya en sus manos el proyecto de ley para la anexión, una promesa electoral de Netanyahu que cuenta con el amplio apoyo de la cámara y está redactada en negro sobre blanco, lista para ser ejecutada en julio. “Dirigentes de todo el mundo nos han dicho claramente que la anexión representa una amenaza no sólo para la paz en Oriente Medio, sino para el sistema internacional en su conjunto”, recordó desde Ramala el jefe negociador palestino, Saeb Erekat. El problema es que ninguno de esos dirigentes ha sido capaz de aclarar a Erekat qué medidas concretas piensan adoptar para detener esa amenaza.

 

Artículo publicado en los diarios de Vocento